jueves, mayo 14, 2026
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La monda como argumento político

Imagínense esta escena cotidiana en la Costa: estamos en familia o en un combo de amigos, de esos donde se mezclan parejas, novios, novias, conocidos, vecinos y llaves de toda la vida. De pronto, uno de los hombres del grupo saca una fotografía y empieza a hacer alarde de que en la imagen se le resalta la “mondá”, y que gracias a esa foto se ganó un montón de seguidoras.

Seguramente, por muy amigos, muy llaves y muy conocidos que seamos, ante la insistencia del man para que las mujeres veamos “sin timidez” semejante portento, más de una pensaría: “¡Ey, este man qué le pasa! ¿Está enfermo o la tiene chiquita?”. Y lo más probable es que lo vayamos abriendo de una, porque una cosa es la confianza y otra, muy distinta, es tener que soportar la exhibición vulgar de la vanidad masculina.

A los hombres, en cambio, seguramente no se les mostraría con la misma ligereza, porque entre ellos la reacción suele ser inmediata: “¿Tú crees que soy marica? Pórtese serio o se lleva su trompada”. En fin, esa sería una escena bastante reconocible entre nosotros ante una situación de ese tipo: incomodidad, rechazo, burla. Una comienza a apartar a gente así.

Recuerdo, por ejemplo, que cuando estaba en secundaria había un muchacho, compañero de salón, que usaba los pantalones demasiado arriba de la cintura. Se le marcaban “sus partes” de una manera tan evidente que la anatomía de su aparato reproductor podía distinguirse a simple vista. Así transitaba por los pasillos del colegio, por el recreo, por la capilla y por todas partes.
Entre nosotras comenzó a circular un apodo: “el enfermo”. Y ojo: les estoy hablando de la década de los noventa. El muchacho empezó a sufrir aislamiento por parte de las mujeres. Todas considerábamos que esa exhibición —consciente o inconsciente, todavía hoy dudo si él sabía plenamente lo que hacía— era una señal de peligro o, en el mejor de los casos, de una profunda falta de buen gusto y de corronchería en el vestir.

También traigo a colación otra anécdota más reciente, de hace unos años. Se trata de otro tipo, también de nuestra región, que no usaba pantaloncillos debajo de sus pantalones blancos y ajustados, bajo el argumento de que “a las mujeres les atrae eso”. La imagen era sencillamente escandalosa y vergonzosa: el hombre exhibiéndose en eventos, centros comerciales y espacios públicos como si su cuerpo fuera una campaña publicitaria ambulante.

En el fondo, estos comportamientos no son simples rarezas individuales. Son expresiones de trasfondos patriarcales y violentos, arraigados en una cultura como la nuestra, donde el machismo sigue siendo atávico, cotidiano, normalizado y hasta celebrado.

Por eso, en el actual escenario electoral colombiano, donde la expresión costumbrista y de fuerte arraigo costeño “la mondá” se ha venido configurando como una suerte de argumento político, sacándola del oscuro anaquel del pudor y la vergüenza, el reciente caso de Abelardo De La Espriella, candidato nada menos que a dirigir los destinos de la nación, no es de poca monta.

En el programa Piso 8, conducido por el humorista Jhovanoty y los periodistas Jota Flórez y Laura Rodríguez, el candidato mostró a sus entrevistadores una fotografía que, según él, le había hecho ganar “varios voticos” entre el público femenino, en una clara referencia a su entrepierna.

La escena se agravó cuando dirigió esa exhibición a Laura Rodríguez, la única mujer del set. Allí quedaron a la vista, una vez más, los rasgos misóginos, patriarcales y fálicos de cierto tipo de masculinidad que cree que su cuerpo, su deseo, su insinuación y su poder pueden imponerse sobre la incomodidad de una mujer.

La expresión “¿qué ves ahí, cariño?”, seguida de “acércala, dale zoom”, y luego “no, mi amor, pero ¿qué más ves?, no seas tímida”, no puede despacharse como una simple broma. Además de desagradable, incómoda y frustrante para la periodista, revela la lisura del personaje: “cariño”, “mi amor”, “no seas tímida”.

Es decir, la ambientación pública de un lenguaje de intimidad sexual con una mujer que no es su pareja, no es su amiga íntima, no le ha dado confianza y, sobre todo, estaba allí cumpliendo una labor profesional.

Para quienes me leen les digo: esto es inexcusable. Es violento, es misógino, es patriarcal. Y si esas palabras les incomodan porque les suenan a feminismo rancio, entonces se las cambio por otra más elemental: es sencillamente asqueroso.

Y están profundamente equivocados quienes creen que a las mujeres nos gusta eso.

Tampoco nos gusta la escena contraria, esa en la que un hombre, valiéndose de una relación de poder, se nos aproxima cuerpo a cuerpo, nos pasa el brazo por los hombros, invade nuestro espacio personal y adorna la intromisión con lisonjas sobre nuestra belleza. En ambos casos ocurre lo mismo: se sexualiza una interacción profesional, en público, frente a una audiencia, con insistencia y aprovechando una asimetría de exposición.

Aunque estas conductas provengan de personas distintas, con motivaciones distintas y ubicadas incluso en orillas ideológicas diferentes, son inexcusables desde todo punto de vista. No se trata de izquierda o derecha. No se trata de simpatías políticas. No se trata de humor ni de espontaneidad. Se trata de límites, de respeto y de dignidad.

Mucho les costó a cientos de miles de mujeres que nos antecedieron —sacrificio, dolor, exclusión y muerte— conquistar los derechos que hoy gozamos, como para que ahora pretendamos justificar o excusar comportamientos que reproducen la misma lógica de siempre: la mujer puesta en escena para validar, soportar o celebrar la masculinidad ajena.

No. La periodista no tenía por qué mirar. No tenía por qué reír. No tenía por qué seguir el juego. No tenía por qué sostener la incomodidad para que el candidato conservara intacta su pose de macho gracioso. Tenía que levantarse y llamarlo al orden y al respeto. Pero seguramente ponía en riesgo su trabajo y optó por no seguirle el juego como medida de escape ante la incómoda situación.

Porque no era una broma.

Era el viejo libreto del macho exhibiéndose, creyendo que el mundo entero —incluidas las mujeres— está obligado a celebrarle el espectáculo.

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