Detectada en más de 20 países, la subvariante BA.3.2 genera atención científica por sus múltiples cambios genéticos.
La nueva variante de COVID-19 conocida como ‘cigarra’ ha encendido las alertas de la comunidad científica debido a su alto número de mutaciones y su posible capacidad de evasión inmunitaria.
Identificada como la subvariante BA.3.2 y derivada de ómicron, esta cepa presenta más de 70 cambios en su estructura genética, lo que ha motivado su seguimiento por parte de organismos internacionales de salud. Aunque ya ha sido detectada en más de 20 países, incluido Estados Unidos, su impacto aún no se considera masivo.
Expertos señalan que la principal preocupación radica en su capacidad para reducir la efectividad de la inmunidad adquirida, ya sea por vacunación o infecciones previas.
Sin embargo, los primeros análisis indican que, en la mayoría de los casos, los síntomas se mantienen en rangos leves a moderados, especialmente en personas vacunadas. Entre las manifestaciones más comunes se encuentran fiebre, tos, dolor de garganta, fatiga, dolor muscular y cefalea, síntomas que pueden confundirse con otras infecciones respiratorias.
La Organización Mundial de la Salud mantiene esta variante bajo observación, catalogándola por ahora como de bajo riesgo, aunque insiste en la importancia de no bajar la guardia.
Especialistas explican que la constante mutación del virus le permite adaptarse y ganar ventaja frente a otras variantes, lo que podría influir en su propagación y en la respuesta del sistema inmunológico.
En este contexto, las autoridades sanitarias recomiendan mantener las medidas de prevención, estar atentos a los síntomas y continuar con los esquemas de vacunación, mientras avanzan los estudios para determinar con mayor precisión el comportamiento de esta nueva variante.

