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Convicciones de papel y oportunistas de tiempo completo

Por Isabella Pulgar Mota

Uno de los mayores problemas de la política no es cambiar de opinión. Hacerlo puede ser sensato, responsable e incluso necesario cuando la realidad demuestra que estábamos equivocados.
El problema comienza cuando hay personas que durante años acompañaron a un gobierno, respaldaron sus decisiones y defendieron sus actuaciones; pero luego empiezan a cambiar de posición de manera conveniente y oportunista.
Y eso suele ocurrir cuando los gobiernos se acercan a su recta final. El poder empieza a desgastarse, las elecciones aparecen en el horizonte y algunas lealtades comienzan a desaparecer.
Surgen entonces las distancias y aparecen críticas de quienes antes guardaban silencio.
Es la vieja costumbre de disfrutar los beneficios del poder mientras conviene y abandonar el barco justo a tiempo para no cargar con sus consecuencias.
El Atlántico no es ajeno a ese fenómeno.
Y suele hacerse más evidente cuando el gobernante de turno llega desgastado al final de su administración. No es lo mismo tomar distancia de un mandatario que conserva un amplio respaldo ciudadano que distanciarse de alguien cuya imagen viene deteriorándose.
Por eso difícilmente veremos dirigentes tratando de alejarse del alcalde de Barranquilla, cuya gestión mantiene altos niveles de aceptación. En la Gobernación el panorama es distinto: Eduardo Verano registra hoy la peor imagen entre los gobernadores de la región Caribe según la más reciente medición de la firma Invamer.
Y los movimientos ya comenzaron.
Ya escuchamos voces preocupadas por la inseguridad, las obras inconclusas y los problemas de nuestros municipios; voces que hasta hace muy poco acompañaban las decisiones de esta administración.
Ojo, y es que cambiar de opinión se vale. De hecho, quien cambia de opinión debería poder explicar por qué lo hizo. Que tenga la oportunidad de reconocer sus equivocaciones. Lo que no se vale es intentar borrar las decisiones del pasado para acomodarse al próximo escenario electoral.
Por eso la memoria importa.
Si hoy alguien reclama resultados en seguridad, también es válido preguntarle qué posición asumió cuando tuvo que decidir sobre los recursos destinados precisamente a proteger a los ciudadanos.
Y ahí aparece una palabra que debería recuperar mucho más valor en nuestra vida pública: coherencia.
Ser coherente no significa pensar exactamente lo mismo toda la vida. Significa poder mirar hacia atrás sin tener que esconder lo que se dijo, lo que se hizo o cómo se votó.
Pero cuando los que dicen ser líderes de nuestra población pretenden perseguir sus intereses personales a punta de incoherencias, habrá que contar la verdad que hay detrás de un discurso bonito.
Habrá que contar quién acompañó las decisiones, quién votó a favor y quién votó en contra. Quién habló cuando hacerlo tenía un costo y quién decidió hacerlo cuando comenzó a resultar conveniente.
Sin persecuciones. Sin ataques personales. Con hechos.
No podemos permitir que quienes ayudaron a construir los problemas pretendan presentarse mañana como la solución simplemente porque cambiaron de discurso.
Cambiar de camiseta no es renovarse. Cambiar de opinión según sopla el viento tampoco.
La verdadera renovación exige coherencia, responsabilidad y una manera diferente de ejercer el poder.
Quién quiera liderar de verdad no puede ser una persona con convicciones de papel y un oportunista de tiempo completo.

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