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La conexión entre Fernando Botero y Barranquilla: ‘El milagro de la niña devorada por un colibrí’

Una composición multicolor que lleva una técnica guiada por el expresionismo y en la que se vislumbra la exploración por el volumen; hecha en los años 60 y otorgada a la capital del Atlántico en el año 2011.

Barranquilla es una de las ciudades del Caribe que mantendrá por siempre una conexión especial con el pintor y escultor Fernando Botero, pues en la capital del Atlántico reposa una de las obras más importantes del artista fallecido a los 91 años, llamada ‘el milagro de la niña devorada por un colibrí’, pintada en los años 60 y otorgada a la ‘arenosa’ en el año 2011.

La majestuosa obra es una composición multicolor que lleva una técnica guiada por el expresionismo y en la que se vislumbra la exploración por el volumen —y la contradicción de la realidad sobre las luchas internas que libraba consigo mismo— siendo una de las reliquias más importantes de su carrera artística por retratar la importancia del arte en la época precolombina.

Sobre esta obra, que se encuentra guardada en el Museo de Arte Moderno de Barranquilla, también se destaca la proyección del futuro, ya que se devela a un Botero inquieto y poco preciso, pero direccionado al cambio y al estilo que lo identificarían como un célebre artista a través de los años.

Isabel Cristina Ramírez, docente universitaria y miembro del grupo curatorial de Barranquilla, explicó que «es una obra muy interesante porque muestra ese período muy rico en experimentación, donde se nota que él estaba construyendo una manera de pensar en volumen, imagen, el color, con una pincelada muy fuerte con un montón de influencias que vienen desde muchos lados, por herencia de los artistas colombianos de los años 20 y 30».

Ramírez destacó, además, que la obra esboza sus intenciones de redescubrir la historia a través de formas, figuras y volúmenes que lo ayudaran a establecer un nuevo lenguaje visual “muy propio” para deconstruir la idea clásica de lo que representaba el arte en ese momento.

En la composición del cuadro se resalta desde el principio la técnica inusual de Botero, además de que su sello se enmarca a los años 60, época en la que lo pinta, por lo que hace un uso del color vanguardista, y en el que según la crítica el colibrí que devora a la niña es su propia vanidad, con la cual luchaba a diario en su arte.

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