Por un nuevo país

Por un nuevo país

Uno de los asuntos que ha quedado evidenciado, de manera vergonzosa, ante la faz nacional durante esta cuarentena es la existencia en el país de una gran mayoría de la población en condición de pobreza y de miseria. Lo que pone en duda los cálculos y fórmulas que ha venido modificando y planteando el gobierno en los últimos años sobre los nuevos modelos de pobreza que existen en el país, a través de una de sus dependencias más cercanas como lo es el Dane. A propósito, este departamento debería estar blindado de la injerencia gubernamental. Es más, hoy nos damos cuenta que debería ser un organismo independiente auspiciado por las universidades y los centros de investigación, tanto públicos como privados, con el fin de ofrecer con objetividad las cifras sobre tan delicado y crucial asunto.

De acuerdo a las cifras aproximadamente 9 millones de colombianos  –de algo más de 48 millones que realmente somos– están empleados formalmente (muchos de los cuales están experimentando ahora la perdida de sus ingresos) y un gran porcentaje de los mismos está mal remunerados en relación con el numero de horas que trabaja, como lo demuestran varios estudios internacionales.

El resto de los nacionales –donde se encuentran los apartados, los excluidos, los sin voz ni tribuna, los olvidados, los que nadie conoce ni quiere, sumados a casi un millón y medio de venezolanos que han llegado en los últimos años–, se encuentran en una situación verdaderamente deplorable. Capítulo aparte merece el sector rural: totalmente deprimido, desamparado, deshabitado y regido todavía por relaciones de tipo feudal. Lo peor es que cada día que pasa en esta cuarentena se agrava más aún su entorno a pesar de los millones de mercaditos que se reparten en el país y de los subsidios y beneficios (¿limosnas?) que han estado entregando las administraciones de todo orden.

En este último tema, también están los que aprovechan la situación para mimetizar sus formas de robarse del erario y estafar a la población. El hecho de que los gobiernos, bajo la premisa de la declaratoria de emergencia sanitaria, hayan quedados liberados de la obligación de contratar sin las formas, montos y controles estrictos es aprovechado para lo bueno, pero también para lo malo.

“…Mal aventurados los que en el gobierno ocultan tras la bondad de las palabras la impiedad para los hombres de su pueblo…” sentenció el caudillo Jorge Eliecer Gaitán, que precisamente en el mes de abril, pero de hace 72 años, fue vilmente asesinado por atreverse a soñar y enarbolar las banderas de los desposeídos. Él se enfrentó entonces a lo que llamaba la oligarquía la misma que, sin embargo, hoy se ha fortalecido con el respaldo de poderosos grupos económicos –dueños, a su vez, de importantes medios de comunicación– y permeados en gran parte por dineros del narcotráfico.

Es en ese orden de ideas es significativo que el empresario más rico del mundo, Bill Gates, haya renunciado a sus exitosas empresas para invertir su inmensa fortuna personal en su fundación dedicada a la filantropía, mientras  en Colombia (uno de los países más desiguales del mundo) el hombre más rico y banquero más poderoso, Luis Carlos Sarmiento Angulo (Forbes), haya anunciado, por supuesto con bombos y platillos, que ha donado el 0.2% de su fortuna personal como aporte a la crisis. (además de generarle importantes descuentos tributarios).

No sabemos si sea demasiado tarde ya para intentarlo, pero necesitamos construir un nuevo y mejor país. Uno más equitativo e incluyente.

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