AUSENCIA

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Observar imágenes de peces muertos y moribundos, de personas intentando salvarlos. Escuchar sobre el suicidio, el ruido y morbo generado por una madre con su pequeño hijo que caen desde un puente, la cantidad de balas perdidas que acaban vidas, que esta vez fueron visibilizadas con la muerte del cantante Legarda y el incremento de los atentados contra los oleoductos, despertaron sentimientos de dolor, decepción, tristeza, rabia e impotencia pues esos nefastos sucesos hablaban del fracaso de una sociedad al dejar desnuda su inconsciencia y dejadez.

No recuerdo haber deseado que se acabara pronto una semana; como si así se acabaran los problemas.

Fue una semana, como tantas otras, que deja al descubierto no solo el desconocimiento del recurso hídrico y la falta de compromiso por preservar y conservar nuestra riqueza natural, sino la mezquindad de quienes se valen de la ignorancia, las creencias en todos los sucesos para intentar sacar beneficio propio.

Días que revelan la ausencia y soledad -incomprendida- del otro, que sin un presente digno no alcanzan a vislumbran un mejor futuro; que revelan cómo la desesperanza, el desespero y la enfermedad, llegan a apoderarse del ser.

Situaciones que recuerdan nuestra vulnerabilidad y fragilidad al estar expuestos a la violencia, porque no se ha aprendido a valorar ni a respetar la vida.

Que muestran la dificultad para buscar y encontrar soluciones de fondo a nuestros problemas, pues distraídos con las peleas y el morbo, caemos fácilmente en el juego del saboteo y la manipulación.

En nuestro país se ha hecho costumbre la mediocridad y la incredulidad, y cuesta creer que se pueden hacer las cosas bien y alejadas del beneficio propio.

Con una rara conciencia (¿o una conciencia desvirtuada?), pues acomodando lo correcto a los intereses particulares, hábilmente se llega a aceptar como buenas, las acciones que son dañinas para otros – inclusive para sí mismo-, las cuales generan malestar e inconformismo, violencia, inequidad y desigualdad, y con ello el deterioro social que impacta sobre todos.

Esos días tristes deberían invitarnos a vivir momentos de reflexión para decidir si debemos y queremos continuar así.

Afortunadamente, los días grises van aclarándose con el paso del tiempo y de esta manera volviendo a la “normalidad”, pero desafortunadamente olvidamos que podemos ser capaces de frenar la injusticia desbordada, para dejar el círculo vicioso que ata, ensimisma e impide salir adelante.

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